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ATENEO de MELIPILLA Juan Fco. González

Juan Olmos Lopomo

<em>Juan Olmos Lopomo</em>

Poema

Blanca,
blanca del amor, Blanca.
Hija del Dios bueno
mi buena Blanca.

Blanca,
blanca la luna llena
también el crepúsculo
y la hembra del lucero, Blanca.

Blanca,
cuando nace la alborada, es blanca.
Porque estoy en ti
porque estas en mí, siempre, Blanca.

Porque la tarde es tu nombre,
porque la noche también es blanca.
Porque, porque, porque
eres y haces todo
con el dulce color de tu alma, blanca.

Cuando te miro
en el firmamento y la creación,
eres la cordillera engalanada
de nieve pura, tan azul y tan blanca.

Porque huelo tu piel
que es de pétalos de calas blancas,
porque beso tus labios
y me sabes a la pureza de tu esencia
siempre, blanca.

Blanca te esperaba,
con tus alas de hada, blancas,
por las noches de mis tormentos
que se iluminaron con tu presencia, blanca.

Blanca mi poesía,
blancas tus manos,
do mayor en blanco,
agua de tus cabellos, blanca,
Blanca mi vida blanca.

Blanca mi dicha y la tuya,
dulce espuma de la mar, blanca.
Blanca mi principio y mi fin,
la blanca paz, mi eterna paz.
Sin duda,
eternamente mi amada, Blanca.

Para estos días de Navidad

Oye María,
porque no abrís la ventana,
pa’ que se vayan los malos olores,
las malas vibras como dicen ahora.
Oye José,
porque no arriai todos los animales
pa’l fondo el patio
para despejar el frente de la ventana que va abrir la María.
Oye José, oiga María,
porque no me dejan a mí, abrir el portón de más afuera
pa’ que se meta todo el olor a maíz maduro
que viene de lejos,
cabalgando pa’ cá, pa’l terruño.
Y pa’ que al lado de los cerros, de triste secante
el trigo nos mande su perfume de espigas,
su esperanza de pan, su dorada verdad.
Oye gentes, oye pu’ María, oye pu’ José,
por qué no se escapan del relato bíblico
y se integran con los sin casas
con los desamparados,
con los sin azúcar, ni migajas de pan
Con los que no abren puertas ni ventanas,
con los hermanos del género animal,
a ver si de una sola vez, llega el Cristo
y nos libra de todo mal.

Bajo la mesa

Bernabé vivía desde su primer tropiezo en dos casas, una de inmensos corredores, de grandiosos muebles, de inalcanzables lámparas, de resbaladizas y grandes baldosas que invitaban a deslizarse en aquella tremenda máquina de volar que era el choapino de entrada a la soberbia mansión, la otra, la verdadera casa sólo tenía un estrellado cielo bajo la cubierta barnizada de la mesa gigante del comedor, y como soporte a su frágil estructura siempre el mismo travesaño que impedía la danza entre una pata y la otra, que en su caleidoscópico pensamiento, eran columna fuerte para sostener ese otro mundo, en esa otra morada, la del mágico sentir, la del melancólico mirar.

Y desde allí, Bernabé, en medio de la noche, o cuando nadie lo veía, a eso del mediodía, aprendió sus primeras lecciones de piano, divertido por los tremendos pies del ejecutor de turno que de cuando en cuando presionaban los pedales, relacionándolo con la pedaleta gigante de la máquina de coser de su cansada tía Ana, que aunque de pies un tanto mas pequeños, por música no se quedaba, sí, ella movía los pies, la máquina cantaba, y alguna área de ópera también a dúo murmuraban. Y entre los dieciocho meses y tal vez quien sabe unos cuantos años vio avanzar y aminorar el paso de su abuelo herrero, que de canas y recuerdos vestía y se desvestía al calor de algún cuento, de esos de las minas de Andacollo, o de la casa de herreros donde forjó de aceros y metales las herramientas para los hombres de mina y pique -nadie sabía, que muchas veces- oculto en su otra morada escuchó también historias de grandes, de “minas” y bares, o algo así como de arrabales.

La asombrosa y encielada cubierta sobre su pequeña cabeza tenía a su vez dos palancas muy misteriosas e intrigantes puesto que al mecerlas el cielo como que temblaba, y cuando era de oscuridad el espacio en que se ubicaba, las estrellas imaginadas caían como polvo del mismo, a veces nevaba, a veces llovía, y con rápidos movimientos de párpados y una que otra pestañada hasta de colores todas esas visiones se impregnaban.

Por eso, cuando pasaron los tiempos buenos y también la guerra, recuerda siempre con especial atención el día en que sus padres danzaron un tango, y después otro tango, y un bolero, un grandioso vals de nunca acabar, y eran las doce o tal vez la una, y era más de noche, y los gigantes se besaban con grandes besos de gigantes, gemían, gritaban y cantaban, se decían que se amaban, en aquella “casa de los bellos y oscuros días de mi infancia”.

( Del libro “Vuelos literarios 3”. Publicado el año 2001)

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Víctor Marín Calquín

<em>Víctor Marín Calquín</em>

El espino

Ligero de lluvias.
Oro en primavera.
Delicado al rocío,
lento en el vuelo.
Perfuma la vida.
De raíz duradera
se afirma en
su campo.
Construye moradas,
invita a amar.

Retornados

El mundo maravilloso de sus sueños de niños, después de veinte años de ausencia de su hogar de origen, había sido alcanzado en plenitud por los tres hermanos Peralta.

Al entrar a la tierra de sus raíces se miraron unos a otros, depositando con lenta actitud sus grandes maletas de viaje.

- ¡Aquí está todo igual, nada ha cambiado en años! -, expresó el mayor de los hermanos Peralta.

- Los que hemos cambiado somos nosotros -, afirmaron los dos menores.

En verdad la aldea que los vio correr por sus tres calles adoquinadas que configuran un triángulo, estaba ante sus ojos como una postal antigua, retenida en el tiempo sin perder su identidad ni el frescor de sus casas de vivos colores.
El silencio pesaba. Ellos lo adivinaban: la gente dormía su siesta habitual.

- Sólo ingresaremos a nuestra casa a una hora prudente -, recomendó uno de los tres retornados.

Entonces acordaron esperar en la tienda de muebles de Don Evaristo que tendría sin seguro la puerta falsa por donde solía introducir, en sus años mozos, a más de una jovencita.

Rieron largamente al recordar las aventuras y amoríos clandestinos del mueblista.

Con la risa entre los dientes tomaron camino en dirección al local de muebles. Cruzaron por la calle de las Violetas, doblando por la de Azucenas e ingresando por el Portal de los Artesanos y sin ser vistos por ojo alguno franquearon la puerta trasera de la tienda. En su interior observaron la exposición de una cincuentena de sillas de Viena: brillantes en sus negros esmaltes, finas en sus armados, aristocráticas en el esplendor de la madera y en el delicado del enjuncado.

- ¿Sillas...y los otros muebles?

- ...estarán en bodega!

- ¡No!

Al oír esta expresión los tres hermanos Peralta sufrieron un cambio violento de temperatura en sus cuerpos. Pensaron en don Evaristo, pero...

-...está muerto...

-...fue un accidente...

-...se nos disparó el arma...

-¡Lo asesinaron cobardemente y huyeron! Regresan como si nada hubiese ocurrido.¡Están arrestados! --, conminó el jefe de policía.

Q.E.P.D.

El Club de los Suicidas entornó su puerta ennegrecida, para luego del funeral de su último asociado, cerrar definitivamente. Al triste sepelio hubo cero asistencia institucional, obviamente. El discurso de rigor, por previo encargo, correspondió a una grabación en cinta magnetofónica. Familiares con caras descompuestas, rodeados de algunos curiosos y los empleados del cementerio, esperaron resignados la sacra sepultación. Al dejar el campo santo, una brisa preludio de lluvia posibilitó que los pocos asistentes al insólito entierro, rápidamente dejaran el lugar a donde se ingresa sin vía de regreso.

Un somero parte en un periódico anunciaba el remate del inmueble del singular club, por término de giro.

(Del libro “Vuelos literarios 3”. Editado el año 2001)

Latifeh Musri Guzmán

<em>Latifeh Musri Guzmán</em>

El viejo

La madre del viejo Miguel se llamaba Smalla y tuvo otros hijos- uno de ellos – Felipe, se vino a América, a Argentina, por allá en los años de la primera Guerra Mundial. Como pasaba el tiempo y el joven no regresaba, la angustiada madre mandó a su hijo mayor Kesim (Miguel) a que lo trajera de vuelta.

Después de los saludos y abrazos, los dos jóvenes acordaron pasar a lomo de mula la Cordillera de Los Andes hacia un país soñado de lindas mujeres que se llamaba Chile y que tenía el mismo clima y las hermosas serranías de su país natal: El Líbano.

Llegaron a estos suelos a fines de los años 10 y no se fueron nunca más. Se hicieron comerciantes ambulantes. Empezaron con un caballo y luego con una carretela. Después se casaron y fundaron dos familias numerosas. Todos los años les nacía un vástago, como correspondía a aquellos tiempos sin píldoras.

Felipe tuvo 8 hijos, Miguel llegó a contar 13, de los que sobrevivieron 7.

El choque de dos culturas tan dispares marcó la convivencia familiar.

Conocí al Viejo cuando tenía como nueve meses y gateaba liviana y rápidamente por las tablas del corredor. El Viejo paseaba muy tieso en su mediana estatura, dejando tras de sí su prestancia, su importancia y su elevado ego.

Poco a poco fui admirando su espalda firme y derecha, y luego sus bigotes, grandes mostachos con las puntas siempre mirando hacia arriba. Mientras caminaba con pasos firmes iba mascullando bravuconadas que lo hacían temible, pero a veces, cantaba en jerigonza una cancioncilla pegajosa y picaresca de moda por esos días.

Usaba pantalones gruesos de género firme y oscuro, y en los veranos lucía impecable con las chaquetas de género claro.

Cuando se arreglaba para salir, su terno oscuro lucía impecable, y cual si luciera un clavel en el ojal, su reloj de bolsillo, muy de moda en aquellos días, lo acompañaba en su chaleco. Fiel a sus costumbres orientales siempre iba unos pasos más delante de su mujer y de su numerosa prole.

Era el hombre más acogedor que yo haya conocido. Nuestra casa fue siempre punto de reunión para todos sus paisanos. Venían todos los días: del vecindario, de San Antonio, de Santiago... y comenzaba la fiesta. Generalmente con un cordero que se sacrificaba allí mismo y luego se asaba o iba a las numerosas ollas que estaban sobre la gran cocina económica, a leña. Y por las tardes, con grandes gritos, garabatos y risas alrededor de la mesa azul, se jugaba a la brisca; se recordaba a los familiares de allá lejos y se degustaban los deliciosos rellenos de hojas de parra, kepis, yogurt, etc. Según la estación en que estuviéramos.

Otras veces la reunión era para probar la hombría, la fuerza de la raza. El Viejo siempre era el centro de atracción. Su contextura recia y sus dientes de extraordinaria firmeza y forma, se lucían cuando levantaba un saco de trigo o maíz de 80 kilos. Así crecía su dignidad y su nombre, del que estaba orgulloso. El se sentía especial, un macho de buena calidad. Ninguno de sus hijos se le acercaba, porque temían sus reconvenciones y sus enojos; todos, menos yo que lo veía “más allá”, a través de sus ojos. Recuerdo que siempre, siendo niña y más tarde adulta, me paraba frente a él sólo para mirarle sus ojos. Desde entonces han pasado muchos, muchos años y nunca, nunca más, ni en Chile, ni en Argentina, ni en Cuba, ni siquiera en Francia encontré otros ojos como los de él. Se los miré tanto que aún los tengo en mí, en mi alma. Allí todavía brillan.

Eran ojos más bien pequeños, almendrados, de pestañas rubias. El fondo era blanco, límpido, húmedo como el césped en las madrugadas de invierno. Sus pupilas no eran azules, ni celestes, ni moradas. Eran una mezcla única de todos esos tonos. Del iris irradiaban hacia los extremos rayos dorados- como de luz intensa- y entremedio de ellos, unos puntos brillantes del más puro crisol jugaban a prenderse con extraña y gran belleza. No, no los he vuelto a ver nunca más. Sus ojos fueron un milagro irrepetible. Un día se apagó una de esas lámparas. Su temperamento, la fuerza de su carácter, el ímpetu de sus emociones y de sus convicciones, su impulso animal, la fiera que no descansaba se devolvió contra él en la punta de su huasca y se clavó en su ojo derecho.

La vuelta a casa fue dolorosa y amarga. Protegido y apoyado por sus hijos mayores fue llevado a la cama. Fue la primera vez que lo vi agobiado por el dolor físico. Era un gigante herido, un monumento caído. Después de la operación, los técnicos, los mejores de entonces en prótesis de ojos, no pudieron dar jamás, asombrados, con el parecido total de esa piedra preciosa que fue su ojo.

Poco a poco, la casa se fue quedando vacía. La adolescencia de los varones llegó turbulenta, removiendo hasta las más escondidas formas de convivencia familiar, ya de por si difícil y turbia. Las salidas nocturnas amargaban las noches en vela de la madre y encendían la odiosidad y el carácter del Viejo.

Un buen día, los muchachos ya no estuvieron más. Llegaban escondidos por un poco de plata o de comida, hasta que se fueron lejos, a trabajar, a cumplir con sus destinos.

La vida seguía transcurriendo en la casa quinta hecha de adobes enormes con corredores largos, dormitorios grandes donde destacaban los catres de la época, de fierros firmes. Los más importantes eran los del dormitorio de los padres, bellos artefactos de bronce, creados por artesanos del otro siglo que aún desafían el tiempo. Otra pieza importante era la de la esquina. Allí se guardaba todo lo que el Viejo traía del campo. Papas, porotos, frutas secas, también traía pan grande y moreno en sacos quintaleros y el queso que se ponía mantecoso al pasar de los días en la quesera colgada en el corredor. Tampoco olvidaba el Viejo, de traer gallos y gallinas que llenaban de ruido y cacareos las mañanas de la infancia. Al lado del gallinero estaba la pesebrera con 3 ó 4 caballos, fieles y esforzados vehículos de aquellos tiempos que abrieron caminos por todo el país.

Una vez, el Viejo juntó plata y se compró un camión, toda una novedad en esos años, pero luego se aburrió, vendió el camión y siguió con su carretela con caballos, camino adentro y cuesta arriba por Cholqui, Popeta, Culiprán y Alhué, buscando la fortuna que nunca logró para volver a su patria hecho un Creso. Los tiempos eran difíciles, la prole numerosa y su mano demasiado abierta.

El Viejo era agricultor nato. Plantaba en el gran sitio de la casaquinta toda clase de árboles frutales, grandes parronales de uva negra y blanca, también rosada, y en las temporadas de verano sembraba maíz. No faltaban los tomates, pepinos y papas. De aquel entonces se conservan como testigos el níspero junto a la acequia y los árboles de grandes y sabrosas ciruelas rojas.

Tan sólo de observar al Viejo aprendí de valores. En él la honestidad y la honradez marcaban gran parte de su personalidad. A lo mejor por eso pisaba firme, tenía la espalda tan derecha y sus mostachos apuntaban al cielo. Claro que, al mismo tiempo, despotricaba contra todo y todos, maldecía a Dios y decía unos buenos garabatos. Salía a la calle a mirar a las gentes, a invitarlas o se sentaba en la gran piedra que había en la esquina desde los tiempos en que los españoles fundaron la ciudad y marcaron sus calles.

Le gustaban los caballos de carrera. Una vez tuvo uno con una gran estrella en la frente y cada 18 de Septiembre iba a ver las carreras a la chilena frente al Parque municipal.

El Viejo conservó durante muchas décadas sus costumbres y su carácter hasta que el menor de sus hijos, que era el único varón que quedaba en casa, le dijo un día en forma perentoria: “Usted no trabaja más”. Él alegó que sí seguía...pero el joven fue categórico y firme y le dijo una vez más: “no va más...”

Fue la segunda vez que lo vi caer. Ahora su dolor fue psíquico. Su alma pareció deshacerse en mil pedazos y repetía como una letanía:...”qué voy a hacer, qué voy a hacer...”

Ya no hubo más pesebreras ni pajar. Los caballos fueron de nuevo al campo, pero esta vez jubilados, y en lugar de carretela quedó una flamante camioneta.

El Viejo trató de ocupar su tiempo con los amigos, con el sitio o con la gente que pasaba por la calle, pero aquello no era suficiente y fue decayendo poco a poco, hasta que un día cayó en un estado depresivo. Durante varios meses estuvo en cama. A veces se levantaba y trataba de caminar, lo hacía siempre muy erguido, como un árbol, pero de pronto se tumbaba. Empezó a repasar su vida y a recordar a sus hijos. A veces se lamentaba y lloraba recordando a uno u otro de los que no había vuelto a ver. Los desencuentros, rabietas e injusticias separan a las familias más unidas. Entonces me di cuenta de cuánto quería a sus hijos y de lo muy escondido que tenía ese amor.

Una noche su sueño se hizo profundo, reparador y tranquilo; parecía que todo volvía a la normalidad, pero al amanecer del 18 de junio de 1962 un ronquido sordo nos alarmó. Aspiró profundamente el último sorbo de aire y le dijo adiós a la vida.

( Del libro “Vuelos literarios 3”. Editado el año 2001)

«Vuelos literarios 3»

<em>«Vuelos literarios 3»</em>

“Las personas pasan, las instituciones permanecen” es una aserción de uso frecuente y aplicada con justeza en la mayoría de los casos. En relación al Ateneo “Juan Francisco González”, de Melipilla, sin embargo, no pareciera tener tanta validez, ya que sus integrantes, por medio de sus obras, serán perdurables en la memoria y en el tiempo.

El Ateneo se encuentra ya en el umbral del medio siglo de existencia y los nombres de sus fundadores están en el recuerdo de quienes han continuado laborando en pro de la cultura local y proyectándola más allá incluso de las fronteras nacionales.

Con la publicación del presente libro de carácter colectivo y de contenido misceláneo, en que se alternan la prosa y la poesía, agregan un nuevo logro en el afán de perfeccionamiento de sus habilidades y condiciones narrativas y líricas en la búsqueda de satisfacer sus inquietudes espirituales. Afianzan, además, el clima de amistad que los une en torno a un interés común: la creación literaria.

Catorce escritores, como los “Catorce de la Fama” o los versos de un soneto, participan de estos “Vuelos Literarios”, cada uno con diferente estilo y distinta temática y, tal vez, con desigual experiencia editorial.

Aunque no aparecen ordenados alfabéticamente, sí lo hemos hecho en esta introducción para facilitar la tarea propia y del lector y evitar olvidos involuntarios.

En dos brevísimos cuentos, Julio Alvarez nos hace compartir sus dudas, no exentas de ironía, la lógica implacable de su abuela y de cómo un mueble cerrado puede concitar la curiosidad de los personajes y del lector.

En Gino Arab el hablante lírico se protege de la inexorable realidad esgrimiendo sus sueños como escudo; la ausencia y la soledad transitan por la calle de su tiempo, pero no pierde la esperanza del regreso a un pretérito que está omnipresente.

Mónica Cerda en dos poemas de verso libre se considera una pequeña semilla que intenta renacer a la vida y busca cada día algo de felicidad, a pesar de las cicatrices que imprimió el dolor.

Con el ímpetu de la rebeldía y la seguridad del optimismo, Ángel Conejeros quiere hacer un brindis y beberse el último segundo del siglo que termina. Tiene, además – en oposición a Vallejo - , la incertidumbre acerca de su muerte; piensa que tal vez no ocurra en París, a pesar de tener sus propios jueves donde ha “comenzado a enfermar de poesía”.

Stella Donoso canta y cuenta el ritmo de sus pasos; conversa de soledades con la luna e implora, con lenguaje revestido de metáforas, por una mano que le brinde un poco de ternura.

Cuatro composiciones entrega Rubén Mallea. Son versos traspasados de angustia, de búsqueda en vano, de recuerdos que duelen hasta las lágrimas. El desencanto y la pena alcanzan inflexiones notables por el buen manejo de las imágenes, la fuerza en la actitud expresiva y la originalidad de sus metáforas.

El espino florido es un motivo favorable frente a la vida. Así lo expresa Víctor Marín en un corto poema, el que, junto a dos cuentos también breves, completan su aporte a esta publicación. Los relatos, con elementos narrativos bien distribuidos, hacen que su lectura concluya en un ¡oh! de admiración por un final no presentido.

Latifeh Musri presenta un trabajo en prosa con características de crónica. Esta narración es una síntesis de la mucha o poca fortuna con que han enfrentado tantos inmigrantes el término de su peregrinaje en este suelo. La narradora, con mucho colorido y sentimiento, describe personas, hechos, lugares y costumbres cuyo personaje central es “El Viejo”.

De la suma de todas las luces se vale Juan Olmos y hace versos blancos en un ingenioso juego con el nombre de su amada; original es también su poema de Navidad y su campechana plegaria para arreglar los males de la humanidad; en narrativa, observa el mundo y sus curiosidades desde la infantil perspectiva de su protagonista.

Oriana Pavez hurga en las raíces de la raza y en la memoria; en esta búsqueda sólo halla desolación y desilusión; apelando a lo cotidiano, sin embargo, advierte en la mujer la conjunción de virtudes.

El amor y la amistad son valores que realza Gladys Quiroz en dos poemas de logrados versos rítmicos. Maneja con soltura la poética y la poesía. Su cuento “La Maleta” demuestra que este género también está incluido en sus quehaceres literarios.

Nilza Riquelme, como muchos poetas, se inquieta por el tiempo, el que daña lo perecedero y el que pasa inasible por su lado. En palabras escuetas y en versos asonantados no encuentra respuestas a sus interrogantes. El amor, al igual que el tiempo, se le escurre entre sus dedos.

“Afuera es noche y llueve tanto”, así dice un tango. A Jaime Romanini la primera frase lo motiva para reflexionar entre los recuerdos, el silencio y los sueños. La cibernética, la página en blanco y el paisaje de la tierra en sombras lo hacen noctambular en un duermevela de pensamientos positivos.

Un conocido cronista se dolía de lo poco que los poetas han escrito sobre sus nietos. Cecilia Satriani sale al paso de tal afirmación y derrama su ternura de abuela hacia el nieto que trastorna sus sentidos y sus días. También despliega su lirismo para arrullar, sensitiva, al amado-amante, destinatario de promesas de amor y placer.

Poetas y narradores amalgamados en un libro, cobijados bajo el alero de la institución que lleva el nombre de un gran artista chileno, ven cumplidos sus anhelos de transmitir emociones, sentimientos y valores.

La palabra escrita, una vez más, está de fiesta.

Miguel Reyes Suárez
Profesor y Escritor

Santiago, agosto de 2001

Julio Alvarez Bravo

<em>Julio Alvarez Bravo</em>

Recuerdos de provincia

Una gran cantidad de carteles pegados en la plaza de armas, terminales de buses y en las vitrinas del comercio, anunciaban con grandes letras la próxima velada de boxeo que se efectuaría en el pueblo. Así con carteles de colores se presentaba el currículum de los púgiles que se enfrentarían en una inolvidable jornada de golpes.

¡Primera pelea de la noche!

El local, José Cortés “el Jote”, un estilista del box versus la esperanza de San Fernando, el ex conscripto “Cañón González”

¡Segunda pelea de la noche!

Renato Hernández “Chico de los tomates”, destaca su valentía y habilidad, su contendor, “Tiburón Mardones” púgil del puerto de San Antonio, un desconocido sin mayores detalles en el cartel.

¡Última pelea de la noche!

El que gane esta pelea será presentado en el “Caupolicán”. El crédito local, Patricio Urquieta, “Pecho de palo”, la gran esperanza de la afición local. y su contrincante “Cloroformo Pineda”, número uno del club México de la capital.

De preliminar se aseguraba la presencia de púgiles venidos de los barrios de Los Cruceros, Santa Elvira, El Llano y San Miguel.

Estoy sentado en un banco de la Plaza de Armas, recordando, se agolpan las imágenes, los sonidos y las luces, una vieja fotografía que se anima, una mirada que recorre el tiempo sin tiempo.

Siempre me agitaba el ánimo las luces del Gimnasio del Cuerpo de Bomberos, desde la semipenumbra de mi calle se veía como explotaban al cielo, se me imaginaban fuegos de artificios que te invitaban porque allí “algo pasa”, así escupíamos el bostezo provinciano del pueblo.

Y empezaron los preliminares. Una seguidilla de peleas, en que principiantes lanzaban golpes sin pudor a sus rivales. En medio de un tremendo griterío el árbitro se esforzaba en hacer respetar la campana que ponía fin al remolino de puñetes que intercambiaban los contrincantes y que terminaba con uno de ellos tendido, siendo retirado en los hombros de su preparador.

Competencia aparte era la de los espectadores que siempre apostaban por el boxeador más débil, dándole ánimo para que resistiera. Como ellos pagaban su entrada exigían que el espectáculo durara y no fueran engañados con “paquetes”. Las bromas cruzadas entre los asistentes eran bofetadas de risas que nos mantenían expectantes. Un “turco”, amigo mío, tremendo de cabezón era conminado continuamente a quedarse sentado para dejar ver el ring.

Un impecable y engominado presentador anuncia ahora al “profesional” José Cortés “el Jote”, el que apareció con su entrenador, un señor de cabeza blanca, que sostenía un balde con agua y al cuello colgaba una toalla de color indefinible. En cada rincón del cuadrilátero había un recipiente que recibía los enjuagues y gárgaras de los púgiles, también pecastilla para evitar resbalones. Primer round. “El Jote” demostraba su estilo, bailoteaba y lanzaba su “jab” de izquierda alrededor de “Cañón González” que, impertérrito, guardia arriba, observaba como el “Jote” daba muestras de ser un eximio bailarín; el entrenador de cabeza blanca gritaba y lanzaba golpes al aire instruyendo así al pupilo. De repente, “Cañón” lanza un feroz derecho que da en pleno mentón del “Jote” quien da unos extraños y desacompasados pasos para caer en medio del ring; “Cañón” salta de alegría mientras se recuesta en las cuerdas haciendo crujir los postes , al “Jote” le gritaban de la galería, ¡dedícate al ballet!.

La segunda pelea, “Chico de los tomates” precalentaba saltando como un canguro rebotando en las cuerdas que se tensaban tambaleando los postes que sostenían el ring. El entrenador de cabeza blanca llenaba de ungüentos al peleador local, el que lanzaba sus enjuagues bucales a cualquier parte salpicando a los jueces y al calvo cronometrista. Cuando apareció “Tiburón Mardones” hubo un gran silencio en el publico; el porteño peinado a la gomina y con una impresionante y refulgente bata de seda roja subió al ring, el estupor sólo se quebró cuando de la galería gritaron: “anda a devolverle la camisa de dormir a la Rucia Teresa” aludiendo a una conocida prostituta porteña. La pelea transcurrió sin gracia hasta que en el último asalto “el chico” tocó levemente, como una caricia, la barbilla del robusto “Tiburón”, que cayó nocaut. El local se subió a las cuerdas, lanzó besos con los gordos guantes lleno de alegría mientras “Tiburón” se retiraba como borracho con la colorida bata a la rastra.

¡La última pelea de la noche!

Urquieta, “Pecho de palo”, frente al capitalino “Cloroformo Pineda”; se repetía la ceremonia, el viejito de cabeza blanca echando ungüentos, la toalla era ya una bandera negruzca, y los jueces se limpiaban salpicados por las gárgaras de los púgiles. El local de clara ascendencia mapuche, sentado en un piso que se perdía en sus ampulosos glúteos se concentraba; “Cloroformo”, el santiaguino, empezó a demostrar desde el comienzo que manejaba la técnica con destreza. ”Pecho de palo” era solo una máquina que lanzaba golpes, de improviso se veían cuatro brazos como aspas de un molino. el ring crujía. la pelea no se daba para el local que recibía castigo.

¡Último round!

La afición solo pedía un desenlace por la vía rápida y animaba a “Pecho de palo”. El capitalino esquivaba y contragolpeaba, la cosa estaba oscura como la toalla, nadie reparaba en el rechinar de los postes del ring; en un momento, el local lanza un tremendo golpe como salido de una boleadora de sus ancestros, que el técnico boxeador visitante esquiva con soltura, pero este furioso meteoro de cinco dedos, fruto del ansia de triunfo, pasa de largo y golpea con estrépito el poste de un rincón del cuadrilátero, que sostiene las cuerdas, quebrándolo y derribándolo. Caen las cuerdas, se termina el ring, la pelea sigue. “Pecho de palo” persigue a su rival para asestarle un golpe, el griterío es ensordecedor, lo persigue obsesionado, hasta que los boxeadores pasan por encima de las cuerdas abandonando la tarima.

Inmediatamente el juez encontró el resquicio, fue a buscar a “Pecho de palo” y le levantó la mano declarándolo vencedor por abandono de “Cloroformo”, el que alegaba poca seriedad de los huasos.

Si empujo el portón aparecerán como magia las imágenes, los sonidos y las luces, sin embargo sólo están en mí, los niños que juegan indiferentes, no las ven ni las escuchan porque todo esta cambiado. Son tan solo mis recuerdos y mi tiempo sin tiempo que me traiciona de cuando en cuando.

(Del libro “Melipilla: lugar de encuentro”. Año 2006)

Misterio

Cuando anunciaron por la televisión el programa del tiempo, no pude dejar de sonreír. Algo aproblemado apareció un hombre y trató de explicar por qué se producían las sequías y las lluvias. Echó mano a mapas sinópticos, frentes de altas y bajas presiones, humedad relativa, Corriente del Niño, temperatura del mar. El pronosticador, a esta altura sudaba de tantas explicaciones, miraba las cámaras como pidiendo disculpas por su rosario de teorías. El hombre del tiempo recitó varias cifras y ya algo acomplejado, trató de hacerse el simpático haciendo un chiste malo sobre la sequía que nos asolaba, responsable de que me cortaran la luz en un rato más.

Hablaba de vaguada costera, neblina matinal, altos cúmulos, vientos del noroeste, fotografía satelital. Para mí, él era sólo un mono que gesticulaba para justificar el mismo pronóstico de todo el año: no lloverá mañana ni en toda la semana. El meteorólogo lo dijo compungido, dolido, casi llorando; necesitábamos que lloviera urgentemente. Siguió una musiquita tonta y todo terminó.

En ese instante entró mi abuela al comedor con su paso algo arrastrado. Me dijo que le dolían las articulaciones, que la cordillera en el atardecer estaba roja y que la sal estaba muy húmeda, así que mañana llovería; me lo dijo sin más: -te voy a dejar tu impermeable cerca- y se fue cansinamente.

Al otro día, muy temprano, empezó a llover, y fuerte. Miré el cielo nublado y húmedo y dije: - misterio...misterio.

El mueble

Nunca le pude encontrar un clavo, sus esquinas celosamente adosadas, daban origen a un armario de cuadrada silueta. Sin duda que había sido víctima de los años, sus zigzagueantes comisuras llevan el polvo como su huella. Su madera, tal vez, oriunda de un extraño país asiático, persiste con lustrosa galanura, para no ser carne de las polillas.

Sus patas torneadas de manera sencilla y poco artística, asumen el peso cadente y tortuoso de su estructura.

Hace ya muchos años que al mayordomo se le habían perdido sus llaves, por tanto su chapa parece virginal, sus puertas asidas de ennegrecidas bisagras niegan cualquier espacio al interior. Por alguna ranura atisbo sus entrañas olvidadas, oscuras y sombrías.

Me he propuesto abrirlo y rescatar de él las viejas ediciones de El Quijote de la Mancha, Víctor Hugo, Proust, Ercilla, Bécquer, como dice la amarillenta lista , adosada a un costado, escrita a pluma y tinta.

Hoy he encontrado una llave mohosa que ha descerrajado la chapa chirriante. Nos agolpamos expectantes al abrir, al fin, sus misteriosas puertas. Nos ahoga una ola de olores añejos, húmedos y maderosos. Reímos todos con ganas, sólo hay ahí, yerto, impávido, un zapato de suela raída.

( Del libro “Vuelos literarios 3”. Editado el año 2001)

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Ulises Mora Ortiz

<em>Ulises Mora Ortiz</em>

Cosas de Melipilla

Mira tú, donde vine a caer
en este Logroño trasplantado
con cuatro “Melipillanes” vejetes
que aun siguen revoloteando por el valle
dándose golpes y empujones con sus alas de viento
me lo advierte el perro de la vecina
que aúlla y gime sin motivo ni razón,
a pesar de que hay espíritus endiablados
y por broma o por hastío
¡anda a saber las cosas que pueden suceder!.

*

Yo creo que el destino y la vida son amantes
y cuanto traman juntos en la cama
así no más es
y que no existe mortal,
ni ley de Dios que pueda este sino cambiar

*

Las micros, que casi siempre partían tarde
se iban llenitas rumbo a la costa
con todas las tías y abuelas
desde mi barrio pobre de Conchalí.
Y ahí estaba como un jardín floreciente en el camino
la cariñosa Melipilla, esperándonos
con sus dulces y manjares
vestida de fruta y de hermosos colores

*

Ante un ventanal divino en un frío amanecer
conocí la belleza, galana como una rosa
al verme medio empalado, me miró sonriendo
y yo, bajé la mirada, enrojecido como un tomate.
Pero sus ojos y sus labios confitados
nunca, nunca los arranqué de mí

*

¡Melipillana, Melipillana linda!
¡Mira que te salió poeta aquel niño tonto
que encantaste una mañana,
bajo el conjuro de una taza de café!
¡Mira que te salió poeta!.
De esos que vuelven como las olas,
siempre a la misma playa
como los sueños, como las aves
y con recuerdos que jamás se le olvidan

*

Hacia la tarde el viento llega silbando
la mejor de sus tonadas.
El estío amenaza con sus ejércitos de fuego y de soles
y Melipilla “Hembra”, me va enseñando un poco más de sí
y nos vamos, como novios, conociendo…
Y por sus calles me voy en busca de aquellas cosas
que sólo algunos podemos ver
que no es más que la vida misma
hecha poesía, con zapato “huaso” y sombrero alón

Atrás se va quedando lo que ya viví.
Hoy…Yo soy de Melipilla…

Tarde melipillana

Con la tarde las brisas llegan
desde la costa
y penetran sin permiso por la ventana.
Los niños en la calle
aprenden a patear el mundo
corriendo como locos tras un balón.

Los más pequeños
juegan a ser dictadores.

La tetera me avisa que son las cinco
y sobre una hoja dejo el bosquejo de un poema
a medio terminar.

A esta hora la televisión es un fiasco
y entre un celular dormido
y una canción ranchera que viene de todas partes
prefiero la Magia de la escala.

Y subo y bajo
y voy del comedor al estudio
del aburrimiento al hastío
de la ventana a la puerta
de la soledad a la desolación.
Y tu imagen se me aparece
y tu voz me nombra
y para no recordarte,
para no sentirte
me acuerdo de ti todo el día.

(No será la mejor estrategia)

Pero así te tengo y no te tengo

¡Maldita sea!

Así te mato y me muero
y renazco y renaces
como el lucero de la luna
al morirse el sol

Las brisas llegan atropellando desde la costa
y yo como un desquiciado
por más que intento no puedo
y no quiero olvidarte.
Porque te tengo ansias.

Porque tengo sed de beberte entera.

Desde los dedos hasta los suspiros
Y después…Amarte.
Amarte
Hasta las últimas consecuencias.

El desengaño

La conocí en la fonda: “Los Guachacas”.

Tenía los ojos verdes.

“Melipillana pura”

Le invité una copa
y se tomó tres botellas.

A mitad de noche me fui de ahí
con ella mareada
dando saltos y tumbos por las callejuelas.

Las aceras en Melipilla son un reflejo de lo que es la vida
sobre todo en una noche oscura.

En “Silva Chávez” comencé a besarla.

Descubrí su torso
mientras sus labios gruesos me quemaban.

Y cuando bajé al paraíso prohibido.

Ya no era ella.

¡Era “Melipillano” el degenerado!

¡Y caramba cómo bebía y cómo besaba!

Que si no hubiese sido la calamidad que era.

¡Por esta copa juro!

Que termino

Enamorado.

(Del libro “Melipilla: lugar de encuentro”. Año 2006)

Stella Donoso B.

<em>Stella Donoso B.</em>

Barrio de Infancia

Mi barrio de cuatro esquinas,
calle familiar que acunó la infancia,
patio delantero de todos nuestros sueños
que nos forjó una luna de eterna primavera.

Calle de empedrado viejo,
de angosta acera y ancho vuelo
donde se fraguaron fantasías
que en carroza del tiempo viajaron al olvido.

Todo era familiar, todo tan propio,
estaban tan urdidas nuestras vidas,
entre almacén de barrio y paquetería,
entre sacos de carbón y cuero nuevo.

La noche se rompía con los cantos,
patín y bicicleta, pelota de trapo.
Calle que olía a huerto y madreselva
a carretón callejero y esperanza.

Mi calle se fue en el tiempo
incluso con nuestros sueños...
Murió el adobe entre estertores de la tierra,
murió la estampa en susurros de añoranza.

Mi barrio de cuatro calles
cambió su vida y su cara,
el viejo mostrador, la luz opaca,
los chicos de la esquina, las abuelas.
Don Enrique llamando a su pilluelo,
la Mariíta y su venta de ilusiones,
mi padre con su coche de anticuario,
se fueron con su historia a otro barrio...

Añorada quedó entre mis recuerdos
la calle larga, silenciosa y sin letreros,
testimonio de la diaria sinfonía
de gritos, risas, de besos y de adioses.

Melipilla

Cómo se cuenta la historia
de mis pasos en tus calles,
la señorial quietud
que contempló mi aurora.
Tu larga siesta bajo el Cerro Sombrero,
con los pies bailando
sobre el valle del Maipo.
Caminé el amor sobre empedradas calles
y al repique de campanas
me bebí la primavera.
Melipilla, eres mi suelo,
mi propio aire, mi casa en esta tierra.
Has sido alero en la tormenta de los años duros,
y el aliento de todos mis suspiros.
Cuando el sol de octubre
pinta de verde los campos,
una ronda de flores bordea tus senderos
y los aromos llenan de oro
los arreboles de la tarde,
abrazo en mis recuerdos
a aquellos que han partido
y el corazón se entibia
con sueños de futuro.
Entre mar y cordillera
te contemplo recostada a la sombra de los cerros,
extiendo mis brazos a los vientos
y mientras me besa el aire salino de la costa
sé que dormiré para siempre en tu regazo.

Mi pueblo

Mi pueblo tiene un suspiro
de siesta somnolienta,
mil ojos que espían tristes
entre cenefas transparentes.
Mi pueblo tiene nostalgias
de versos y de chinganas
que se fueron por los oscuros
recovecos de los tiempos.
Duerme su otoño en silencio
entre lamentos de invierno,
busca esperanzas sin forma
en la rosa de los vientos.
Cien leguas como cuchillo
y corazones abiertos…
Conoce de cada hijo
su historia y lamento,
sus sueños, su grandeza,
su familia, sus ancestros.
Mi pueblo tiene una historia
que alimenta su esperanza.
Que lanza su grito al monte,
al río, al valle inmenso,
que pide como una hembra
el rescate del silencio.

(Del libro “Melipilla: lugar de encuentro”. Publicado el año 2006)

Un, dos, tres...

Cuento un, dos tres...
Y el viento se hace sordo
a mis oídos, sin respuesta.
Cuento un, dos tres...
una y otra vez en letanía,
Sin ritmo, sin son, sin tregua.
voy llenando las alforjas,
los sueños, la esperanza,
tan sólo de fragmentos,
de incómodos silencios,
de un sin fin de números inútiles,
de palabras carentes de sentido,
mientras el eco de mis pasos
imperturbable me acompaña.
Un, dos, tres...
Las campanadas del viejo reloj
marcan el ritmo de la ausencia.
La razón acalla el alma
y la sangre reposa
en eterno letargo sin espera.
Un, dos, tres...
Un, dos, tres...

Enferma de locura

Me he enfermado
muchas veces de locura,
estrellando las manos
en intangibles muros.
Me he sentido angustiada
por las lluvias perdidas
en el infinito verde
que me embarga.
Estoy enferma de palabras
que duermen, se ahogan
y palpitan en un verso.
Un fuego apasionado me corroe
y escapa a borbotones en la noche,
en la música callada
de este canto que no duele
sin embargo hiere la conciencia.
Esta locura de pasión que llevo
recorre todas mis fronteras,
baila conmigo, enloquecida,
todas las estaciones en que vivo.
misterio y existencia
en un ritmo que no rompe su esfera
y sin embargo apresa.
Estoy enferma de ser una lumbre solitaria
cantando a la luna sus pesares
en el dulce y oscuro azul nocturno
mientras fuera del mundo de las voces
la vida gira en sus matices.

Mendigo soy

Dame un poco de tu fe
para pintar la luna,
deja una sonrisa en mis pupilas
para bailar la noche de punta a punta.
Voy mendigando la vida,
aquella que a migajas
ha golpeado mi fuente algunas veces.
Tiendo las manos para asirla,
apresar su esencia misteriosa,
encumbrarme en la cima en que se alza;
pero pasa sin notarlo
ignorando la súplica sin canto
y otra vez está vacía la mañana.
Voy mendigando un poco de ternura
que cubra las llagas de amarillo
y adorne de flores mis cabellos.
Te voy llamando a ti,
a ti que tienes fuerza, pasión, brío
para que me lleves en tu vuelo
como si fuera ayer, tan sólo ayer
el primer día de primavera,
más tú no te detienes ni me oyes
y quedan solas mis palabras en la acera
sin vestirse de rosas ni amarillo,
sin bailar ese encuentro con la luna,
mis cabellos no visten de amapolas
y la temprana estrella de la tarde
no enciende por mis ojos su lucero.
Dame ahora un trozo de tu aliento,
un roce de tu mano que me abrigue,
un poco de tu fuego que me queme.

( Del libro “Vuelos literarios 3”.Publicado el año 2001)

Raquel Parada

<em>Raquel Parada</em>

Melipilla

Un trozo de mi infancia
encontré en Melipilla,
rodeada de potreros
donde el verde es el dueño;
los álamos se mecen
en su plegaria eterna
mientras tiuques alegres
danzan surcando el cielo.

Los queltehues pasean
por la planicie quieta
y su grito no anuncia
lluvias en el estío
sólo invita a la amada
a una cita en el nido
y a disfrutar la tierra
como un don merecido.

Yo tiendo la mirada
por todos los caminos
y las hojas plateadas
saben de mi alegría,
la luna me contempla
y el cielo iluminado
me regala esta imagen
al terminar el día.
La cerca de eucaliptus
más allá del sendero
separa la manada
de vacas y terneros,
un perro ladra lejos
y otro perro contesta
mientras la noche cae
con su silencio a cuestas.

(Del libro “Melipilla: lugar de encuentro”. Año 2006)

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