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ATENEO de MELIPILLA Juan Fco. González

Julio Alvarez Bravo

<em>Julio Alvarez Bravo</em>

Recuerdos de provincia

Una gran cantidad de carteles pegados en la plaza de armas, terminales de buses y en las vitrinas del comercio, anunciaban con grandes letras la próxima velada de boxeo que se efectuaría en el pueblo. Así con carteles de colores se presentaba el currículum de los púgiles que se enfrentarían en una inolvidable jornada de golpes.

¡Primera pelea de la noche!

El local, José Cortés “el Jote”, un estilista del box versus la esperanza de San Fernando, el ex conscripto “Cañón González”

¡Segunda pelea de la noche!

Renato Hernández “Chico de los tomates”, destaca su valentía y habilidad, su contendor, “Tiburón Mardones” púgil del puerto de San Antonio, un desconocido sin mayores detalles en el cartel.

¡Última pelea de la noche!

El que gane esta pelea será presentado en el “Caupolicán”. El crédito local, Patricio Urquieta, “Pecho de palo”, la gran esperanza de la afición local. y su contrincante “Cloroformo Pineda”, número uno del club México de la capital.

De preliminar se aseguraba la presencia de púgiles venidos de los barrios de Los Cruceros, Santa Elvira, El Llano y San Miguel.

Estoy sentado en un banco de la Plaza de Armas, recordando, se agolpan las imágenes, los sonidos y las luces, una vieja fotografía que se anima, una mirada que recorre el tiempo sin tiempo.

Siempre me agitaba el ánimo las luces del Gimnasio del Cuerpo de Bomberos, desde la semipenumbra de mi calle se veía como explotaban al cielo, se me imaginaban fuegos de artificios que te invitaban porque allí “algo pasa”, así escupíamos el bostezo provinciano del pueblo.

Y empezaron los preliminares. Una seguidilla de peleas, en que principiantes lanzaban golpes sin pudor a sus rivales. En medio de un tremendo griterío el árbitro se esforzaba en hacer respetar la campana que ponía fin al remolino de puñetes que intercambiaban los contrincantes y que terminaba con uno de ellos tendido, siendo retirado en los hombros de su preparador.

Competencia aparte era la de los espectadores que siempre apostaban por el boxeador más débil, dándole ánimo para que resistiera. Como ellos pagaban su entrada exigían que el espectáculo durara y no fueran engañados con “paquetes”. Las bromas cruzadas entre los asistentes eran bofetadas de risas que nos mantenían expectantes. Un “turco”, amigo mío, tremendo de cabezón era conminado continuamente a quedarse sentado para dejar ver el ring.

Un impecable y engominado presentador anuncia ahora al “profesional” José Cortés “el Jote”, el que apareció con su entrenador, un señor de cabeza blanca, que sostenía un balde con agua y al cuello colgaba una toalla de color indefinible. En cada rincón del cuadrilátero había un recipiente que recibía los enjuagues y gárgaras de los púgiles, también pecastilla para evitar resbalones. Primer round. “El Jote” demostraba su estilo, bailoteaba y lanzaba su “jab” de izquierda alrededor de “Cañón González” que, impertérrito, guardia arriba, observaba como el “Jote” daba muestras de ser un eximio bailarín; el entrenador de cabeza blanca gritaba y lanzaba golpes al aire instruyendo así al pupilo. De repente, “Cañón” lanza un feroz derecho que da en pleno mentón del “Jote” quien da unos extraños y desacompasados pasos para caer en medio del ring; “Cañón” salta de alegría mientras se recuesta en las cuerdas haciendo crujir los postes , al “Jote” le gritaban de la galería, ¡dedícate al ballet!.

La segunda pelea, “Chico de los tomates” precalentaba saltando como un canguro rebotando en las cuerdas que se tensaban tambaleando los postes que sostenían el ring. El entrenador de cabeza blanca llenaba de ungüentos al peleador local, el que lanzaba sus enjuagues bucales a cualquier parte salpicando a los jueces y al calvo cronometrista. Cuando apareció “Tiburón Mardones” hubo un gran silencio en el publico; el porteño peinado a la gomina y con una impresionante y refulgente bata de seda roja subió al ring, el estupor sólo se quebró cuando de la galería gritaron: “anda a devolverle la camisa de dormir a la Rucia Teresa” aludiendo a una conocida prostituta porteña. La pelea transcurrió sin gracia hasta que en el último asalto “el chico” tocó levemente, como una caricia, la barbilla del robusto “Tiburón”, que cayó nocaut. El local se subió a las cuerdas, lanzó besos con los gordos guantes lleno de alegría mientras “Tiburón” se retiraba como borracho con la colorida bata a la rastra.

¡La última pelea de la noche!

Urquieta, “Pecho de palo”, frente al capitalino “Cloroformo Pineda”; se repetía la ceremonia, el viejito de cabeza blanca echando ungüentos, la toalla era ya una bandera negruzca, y los jueces se limpiaban salpicados por las gárgaras de los púgiles. El local de clara ascendencia mapuche, sentado en un piso que se perdía en sus ampulosos glúteos se concentraba; “Cloroformo”, el santiaguino, empezó a demostrar desde el comienzo que manejaba la técnica con destreza. ”Pecho de palo” era solo una máquina que lanzaba golpes, de improviso se veían cuatro brazos como aspas de un molino. el ring crujía. la pelea no se daba para el local que recibía castigo.

¡Último round!

La afición solo pedía un desenlace por la vía rápida y animaba a “Pecho de palo”. El capitalino esquivaba y contragolpeaba, la cosa estaba oscura como la toalla, nadie reparaba en el rechinar de los postes del ring; en un momento, el local lanza un tremendo golpe como salido de una boleadora de sus ancestros, que el técnico boxeador visitante esquiva con soltura, pero este furioso meteoro de cinco dedos, fruto del ansia de triunfo, pasa de largo y golpea con estrépito el poste de un rincón del cuadrilátero, que sostiene las cuerdas, quebrándolo y derribándolo. Caen las cuerdas, se termina el ring, la pelea sigue. “Pecho de palo” persigue a su rival para asestarle un golpe, el griterío es ensordecedor, lo persigue obsesionado, hasta que los boxeadores pasan por encima de las cuerdas abandonando la tarima.

Inmediatamente el juez encontró el resquicio, fue a buscar a “Pecho de palo” y le levantó la mano declarándolo vencedor por abandono de “Cloroformo”, el que alegaba poca seriedad de los huasos.

Si empujo el portón aparecerán como magia las imágenes, los sonidos y las luces, sin embargo sólo están en mí, los niños que juegan indiferentes, no las ven ni las escuchan porque todo esta cambiado. Son tan solo mis recuerdos y mi tiempo sin tiempo que me traiciona de cuando en cuando.

(Del libro “Melipilla: lugar de encuentro”. Año 2006)

Misterio

Cuando anunciaron por la televisión el programa del tiempo, no pude dejar de sonreír. Algo aproblemado apareció un hombre y trató de explicar por qué se producían las sequías y las lluvias. Echó mano a mapas sinópticos, frentes de altas y bajas presiones, humedad relativa, Corriente del Niño, temperatura del mar. El pronosticador, a esta altura sudaba de tantas explicaciones, miraba las cámaras como pidiendo disculpas por su rosario de teorías. El hombre del tiempo recitó varias cifras y ya algo acomplejado, trató de hacerse el simpático haciendo un chiste malo sobre la sequía que nos asolaba, responsable de que me cortaran la luz en un rato más.

Hablaba de vaguada costera, neblina matinal, altos cúmulos, vientos del noroeste, fotografía satelital. Para mí, él era sólo un mono que gesticulaba para justificar el mismo pronóstico de todo el año: no lloverá mañana ni en toda la semana. El meteorólogo lo dijo compungido, dolido, casi llorando; necesitábamos que lloviera urgentemente. Siguió una musiquita tonta y todo terminó.

En ese instante entró mi abuela al comedor con su paso algo arrastrado. Me dijo que le dolían las articulaciones, que la cordillera en el atardecer estaba roja y que la sal estaba muy húmeda, así que mañana llovería; me lo dijo sin más: -te voy a dejar tu impermeable cerca- y se fue cansinamente.

Al otro día, muy temprano, empezó a llover, y fuerte. Miré el cielo nublado y húmedo y dije: - misterio...misterio.

El mueble

Nunca le pude encontrar un clavo, sus esquinas celosamente adosadas, daban origen a un armario de cuadrada silueta. Sin duda que había sido víctima de los años, sus zigzagueantes comisuras llevan el polvo como su huella. Su madera, tal vez, oriunda de un extraño país asiático, persiste con lustrosa galanura, para no ser carne de las polillas.

Sus patas torneadas de manera sencilla y poco artística, asumen el peso cadente y tortuoso de su estructura.

Hace ya muchos años que al mayordomo se le habían perdido sus llaves, por tanto su chapa parece virginal, sus puertas asidas de ennegrecidas bisagras niegan cualquier espacio al interior. Por alguna ranura atisbo sus entrañas olvidadas, oscuras y sombrías.

Me he propuesto abrirlo y rescatar de él las viejas ediciones de El Quijote de la Mancha, Víctor Hugo, Proust, Ercilla, Bécquer, como dice la amarillenta lista , adosada a un costado, escrita a pluma y tinta.

Hoy he encontrado una llave mohosa que ha descerrajado la chapa chirriante. Nos agolpamos expectantes al abrir, al fin, sus misteriosas puertas. Nos ahoga una ola de olores añejos, húmedos y maderosos. Reímos todos con ganas, sólo hay ahí, yerto, impávido, un zapato de suela raída.

( Del libro “Vuelos literarios 3”. Editado el año 2001)

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1 comentario

anaira -

me parece extraordinario ,la capacidad que tiene el escritor,para instalarnos en primera fila con su estilo de escritura tan natural y dinamica.te felicito
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