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ATENEO de MELIPILLA Juan Fco. González

Esteban Alvarado Vera

<em>Esteban Alvarado Vera</em>

 

Melipilla en el Siglo XVIII

 

El analizar Melipilla desde un punto de vista histórico siempre ha sido complicado. En primer lugar la falta de un buen acceso a las fuentes no permite un estudio acabado que esté ciento por ciento completo. Si se analiza esta ciudad en la época colonial, las cosas pueden resultar aún más difíciles, pero en este caso, gracias a lo que se detalla a continuación, se podrá advertir la importancia que esta región tuvo durante el periodo de regencia española en Chile.

Un par de viejos documentos han llegado a mis manos y por las casualidades del destino o por la ironía de la vida, he recuperado una valiosa relación acerca de la diócesis de Santiago, de la cual dependía la zona de Melipilla en la época colonial (1)

El entonces gobernador don José Antonio Manso de Velasco y Samaniego, Conde de Superunda, fundador de nuestra ciudad, encargó, según las órdenes que el rey Felipe V, el 28 de julio de 1739.

«En dicha orden se pedía al Consejo de Indias una descripción detallada de la provincia, tarea que éste encomendó a los oficiales reales don Francisco de la Sota y don José Fernández Campino, siendo este último quien la redactó, remitiendo su trabajo a la Corte en 1744».

Son de fundamental importancia entonces las noticias que se pueden obtener escudriñando en este tipo de documentos, más aún cuando es posible advertir referencias claras a la región en la que actualmente se emplaza la pujante ciudad de Melipilla.

Para Fernández, Melipilla es el corregimiento más antiguo del reino,

«confinante con el de Quillota, que tiene su deslinde en Casablanca con Santiago de Chile en la cuesta de Prado, por la parte de la costa, con el gobierno de Valparaíso en los altos del Almendral, el cual está en la altura de treinta y tres grados veinte minutos; es en comparación del antecedente, y aun de los demás, corta su jurisdicción, pues solas tiene doce leguas de largo y de norte a sur diez, y seis, sirviéndole de raya a su jurisdicción el Río de Maipo, que lo aparta del corregimiento de Rancagua, tiene su parte de costa, y a quien pertenecen los Bajos de Rapel, Altos de San Antonio y Punta de Curauma; parajes muy notados y conocidos, por el reconocimiento que regularmente hacen los navíos que vienen buscando el puerto de Valparaíso, y en donde se marcan para su entrada»..

En esta breve descripción es posible atender a las dimensiones de la región comprendida por Melipilla. En un primer lugar los límites por la parte Norte, coinciden en su mayor parte a la actual división de la actual provincia, es decir, hacia la zona de Casablanca en la comuna de María Pinto. Lo que se menciona como la cuesta de Prado es lo que actualmente se conoce como la cuesta Lo Prado, o bien el túnel que conecta a Santiago y la Quinta Región, por la ruta 68.

En cuanto a la parte Sur, el límite colonial no es el mismo que presenta la provincia en el presente. De hecho se cita como frontera meridional el río Maipo, por lo que se desprende que las comunas de San Pedro y Alhué no habrían sido incorporadas a la región hasta más adelante en el tiempo.

En cuanto a las costas, la única referencia importante es la que se hace de la bahía de Cartagena, “que por ser brava toda su costa viese exenta de permanencia de enemigos, ni desembarco, sino con gran trabajo en ella, en donde precisamente han de ser sentidos y vistos por la altura de los cerros”. Esta situación permitía que el sector sur de la actual provincia de San Antonio (las comuna del mismo nombre, más las de Cartagena y Santo Domingo), fuesen un lugar estratégico para resguardar el paso de embarcaciones hacia Valparaíso, pues la posibilidad de instalar centinelas en las alturas, hacía de este sector un punto bastante seguro, a lo que sumada la posibilidad de que tropas desde Melipilla concurrieran rápidamente, hacía de la zona costera del repartimiento melipillano, una plaza crucial para la defensa del reino.

En cuanto a las características del terreno, Fernández lo alaba por la facilidad que hay en determinados sectores para el riego, sin la necesidad de tener que recurrir a intervenir y a construir canales de regadío. En cuanto a su clima, el funcionario real manifiesta

«Goza su jurisdicción de un temple muy benigno, por lo apartado de la Cordillera Real y bellos manantiales puquíos de aguas que lo fertilizan y humedecen;»

Esta fecundidad de la tierra se veía reflejada en la fauna existente y advertida desde aquellos tiempos. La abundancia de perdices, torcazas, tórtolas, toda laya de pastos y zorzales, becacinas y gallinetas de entonces, contrasta con la desaparición casi total de estas especies en las zonas más pobladas de hoy, más aún se nota la diferencia con lo que ocurría “en sus arroyos, esteros y Río Maipo, [con la] abundancia de truchas y bagres y aun de anguilas, que no comen sus naturales por el horror de su semejanza a las culebras”.

En cuanto a la población, los datos son bastante interesantes, pues denotan que siempre la zona fue muy poblada –entendiendo los parámetros de la época-, y que el clima beneficiaba sobre todo a los enfermos que en muchas ocasiones venían a pasar su tiempo de recuperación en Melipilla.

Junto con esto, se hace hincapié en el hecho de que Melipilla siempre fue un destino apetecido para los habitantes de Santiago, que por la cercanía y la seguridad del camino venían a solazarse con los paisajes y el aire de esta tierra.

" … [concurrían] los vecinos y moradores de su capital; tanto por la cercanía de él, cuanto por la conveniencia de víveres: pan, carnes, aves, caza, pescado, hortalizas y legumbres, cuanto por el temple benigno, saludable, alegre y un general hermoso jardín que ofrecen sus amplias campiñas de flores y hierbas a la vista en toda su comarca".

En los tiempos actuales, la situación de Melipilla como destino o como ruta obligada para los capitalinos sigue siendo norma. Durante el auge de Cartagena, como el balneario aristocrático por excelencia de principios del siglo XX, el ferrocarril que transportaba a la élite, debía detenerse en la estación de trenes de Melipilla. Con el correr del tiempo, y la construcción de la central hidroeléctrica de Rapel, y la inundación consecuente de un enorme valle, Melipilla se constituyó como paso obligado para quienes en temporada estival disfrutan de los deportes náuticos en este lago artificial. Melipilla en la actualidad continúa siendo una zona de contactos viales importantes, y su condición estratégica, su cercanía a Santiago y a la costa, le otorga un carácter privilegiado, del que aún no se saca todo el provecho que se puede.

Pero regresando a la relación hecha por este funcionario colonial, en cuanto a la producción, menciona que a pesar de la existencia de minas en el territorio (“se cuentan diez y nueve minas de oro, que actualmente se están trabajando”), estas son de muy baja ley, pero que a pesar de aquello, le permite a quienes las explotan sobrevivir.

El énfasis en los productos de esta tierra está en el área agrícola (tal como en la actualidad), y así

"…no serán las minas de oro en mucha abundancia ni tan ricas, como en donde se ha notado en parajes secos y áridos. Coséchense en él, muchos trigos, y se benefician copiosas matanzas de vacas, que rinden porción de quintales de sebo, charqui y grasa; que con la cercanía más que otro del puerto de Valparaíso se conducen a sus bodegas, para venderlo a los navíos que de la ciudad de Lima vienen a cargar frutos a este Reino…".

Desde este momento la raigambre agrícola de la zona se yergue como su principal fuente de riqueza, y no sólo la explotación de la tierra y sus recursos, sino que un incipiente mercado comercializador de sus productos, no sólo en la región, sino que un incipiente y luego consolidado tránsito de mercaderías para la exportación. Este hecho confirma que los antiguos habitantes de Melipilla estaban profundamente interesados en las ganancias que este territorio les pudiera ofrecer, pero para comprender el por qué en esta zona pudo haberse dado un auge tan importante del comercio y de la actividad mercantil –incluso hacia el extranjero- habría que preguntarse sobre quiénes eran los propietarios de las tierras. Para ello es menester un estudio acabado de los títulos de propiedad, que en la actualidad no arrojan –a pesar de existir- respuestas definitivas a esta interrogante, por lo cual el desafío para un análisis en profundidad de este hecho ya está sobre la mesa.

En materia demográfica, Fernández Campino menciona la cantidad de 320 hombres alistados para tomar armas, de los cuáles debemos entender que eran o españoles o criollos, pues en estas consideraciones sólo podían contabilizarse aquéllos. Fernández señala la prontitud y facilidad, o buena disposición, que tienen los habitantes de Melipilla para “ensillar con facilidad su caballo, tomar su lanza o espada, y galopar cinco o seis leguas”, es decir, para concurrir a la defensa del Reino. Esto puede ser explicado por dos motivos. En primer lugar por la necesidad que tenían los españoles o criollos de defender sus precarias posiciones o sus pequeñas villas, y en segundo lugar, porque el hecho de defender el Reino y prestar servicios militares al Rey, era un símbolo de status social y muchas veces la posibilidad de escalar posiciones en la sociedad colonial.

Los indios, que eran otra de las ramas del mundo social colonial en Melipilla, para la época en la que escribe Fernández, no tienen mayor relevancia, pues

"Las encomiendas de indios de este partido son de ninguna entidad, pues con la general epidemia de ellos, y en particular la que circula de tiempo en tiempo de viruelas por todo el Reino, los ha acabado y consumido cada día más; que con desfigurarse en mestizo y ausentarse de sus pueblos conocidos sobre ser cuasi indiferentes en color y contextura, todos vestidos de una suerte que no se distinguen con los bozales que tienen al trabajo de la tierra los infieles; (aun sin embargo los pocos que hay de todas layas)".

Esto da a conocer la dificultad en un primer momento de encontrar mano de obra indígena para trabajar la tierra, pero por otro lado la facilidad con que todo tipo de mestizos se ofrecían para el cultivo de las chacras, lo que hacía que deambularan gran cantidad de personas de las que no se conocía su origen, lo que habla de la diversidad cultural que existía en Melipilla en ese entonces.

De este modo, José Fernández Campino concluye su relación de la zona de Melipilla y menciona que todas las consideraciones anteriores fueron tomadas por el gobernador Manso de Velasco para la fundación de una villa en la región.

"En este partido, considerando vuestro gobernador y teniente general don José Manso de Velasco, su bello clima, admirables aguas y tierras e inmediación de montes en él, adecuada y hermosa situación de Melipilla, llevan en buen estado la fundación de su villa nombrada LOGROÑO DE SAN JOSÉ, debiendo a su deseo, aplicación y amor con que trata y solicita el adelantamiento y política en poblaciones de este Reino, la concurrencia de vecinos que se dedican a porfía en fuerza del amor que le tienen, a reedificar y levantar sus casa en ella; mereciendo la gloria de verla adelantada y formada de calles y de edificios en tan breve tiempo, que teniendo entre manos siete poblaciones, en siete partidos diferentes, es suya la fortuna, que ningún otro gobernador en él, ha conseguido su formación y erección constará de los autos que están formando y se remiten en esta ocasión a V.M., como de las demás villas y poblaciones nuevas de este Obispado, a que nos remitimos".

Melipilla desde el momento de ser fundada -12 de octubre de 1742-, y desde mucho antes, siempre ocupó un lugar destacado en la vida nacional. Su ubicación geográfica, sus bondades climáticas, la abundancia de recursos, fueron algunos de sus estandartes a la hora de decidirse por este territorio como una zona apta para fundar una ciudad.

El desafío ahora es para las nuevas generaciones, a rescatar este pasado y a reinventar la región y recobrar o mejorar la importancia que esta tuvo en el periodo analizado en el presente artículo.

Melipilla fue y es más que un lugar de paso, las fuentes así lo confirman. Hoy es necesario que esta condición se consolide y permita a los futuros habitantes de la región respirar con orgullo este aire frío de mar, ríos, campos y cerros.

(Del libro “Melipilla: lugar de encuentro”. Año 2006)

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(1) Esta situación se mantuvo hasta el 4 de abril de 1991, cuando el papa Juan Pablo II, a través de la Bula “Quo Aptius”, separó la llamada zona rural costa y la convirtió en la Diócesis San José de Melipilla.

Nota de la Redacción del weblog: la imagen usada en esta página corresponde al oleo "Calle de Melipilla" del destacado pintor Juan Francisco González, cuyo nombre lleva el Ateneo de Melipilla.

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