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ATENEO de MELIPILLA Juan Fco. González

Gladys Quiroz Carcher

<em>Gladys Quiroz Carcher</em>

Novilunio

Tras los visillos,
atisbo otros paisajes
y mis dedos
se alargan cada día
tratando de atrapar
el horizonte.
Las trenzas,
que hasta ayer lucí orgullosa,
cordón umbilical de la niñez,
pesan como cadenas.

Mis ojos sorprendidos
ya no pueden cerrarse,
he llorado leyendo
una plegaria
y hoy trato de pintar el beso
que exprimiera mis labios
como racimo de uvas.
Aun tiembla el recuerdo.
La prisa atolondrada
de pedirle al espejo
que guarde mi secreto
y las rojas mejillas
y el pecho galopante
lo van contando todo.
Del pequeño pincel,
sólo brotan estrellas
y un corazón azul
como esos ojos.

Desde entonces
los textos escolares
se han poblado de versos
y canto deslumbrada
ante el libro cerrado.
Cada página abierta
me hace estallar en flores.
Debo nacer para
escribir historia
y sin mirar atrás
cumplir mi itinerario.
Calzaré las sandalias
de Gabriela.
Me fugaré a París
cuando duerma el otoño;
embozado y febril
con su mirar sombrío
César Vallejo
me espera cada noche.
Recostado en mi pecho
comerá de mi pan,
y el alba sorprendida
tejerá nuestros pasos
en el vals del adiós.
Luego, seré una abeja
del desierto florido,
hilaré los collares
del Salar de Atacama,
esculpiré las piedras
del Valle de la Luna,
construiré mi nido
en las Torres del Paine,
sin que nada detenga
mi vuelo de parina..

Las palabras en caos se amontonan
y hasta el rasguño
de mi lápiz duele.
¡No guardaré mis versos
como niños
arropados entre
sábanas blancas!
He talado mis trenzas
y besando su cruz,
me digo muy bajito:
¡Esta es una promesa,
un juramento!

Plenilunio

Soy la fruta madura, Shehrezade,
pájaro y luna
de este entorno mío.
Tallé a besos
un hijo que es la espiga,
y detuve mis pasos
en arrobos de amor multiplicados.

Las palabras
son mi luz y mi sustento
y la copa de vino que me
embriaga.
Mis pies son tan pequeños,
que no pueden
calzar sobre
las huellas de Gabriela.
En Trujillo,
la boca amarga de
César Vallejo
se sació de mi pan.
Se vaciaron las horas
entibiando su lecho,
y me robé su voz
que cada noche en vela
susurra en mis oídos.
Mi puerta nunca ha sido
estación de la pena,
en raras ocasiones
se asoma a mi ventana
y la espanta mi risa
de pandero gitano.
Con estas manos toscas
como la tierra misma
he ayudado a nacer
desde cactus a orquídeas,
y han pintado veleros
que se llevan mi sombra
a soñados paisajes
que no pude alcanzar.

Y canto... canto siempre...
con la infinita dicha
de ser una violeta
cuajada de ternura,
reconociendo humilde
que en el primer vagido
los caprichosos hados
han tocado mi frente.

Y si mañana,
el dolor se aproxima
con su extenuante
carga de pesares,
me sentaré
a la puerta de mi casa
con los puños cerrados... esperando.

Luna menguante

Me estoy quedando a solas con mis manos,
ellas inventan personajes nuevos,
cuerpos al sol, caracolas, paisajes,
una santa que contempla impasible
el lento deshacerse de mis huesos.
Me estoy quedando a solas y estoy viva,
de espaldas contra el muro,
los sentidos alerta,

el pensamiento claro
y tratando desesperadamente
de crear un poema,
un escudo de versos,
una espada...

¡Qué extraña paradoja!
Teniendo tanta voz estoy a solas
con este inmenso nudo en la garganta.
Ya lo he vivido todo,
la terrenal contienda
del odio y el amor amalgamados
y he perdido la vida tantas veces
como caen las hojas en otoño.
Desde el fondo del acantilado
me he vuelto a levantar
al sonido del címbalo,
cada día más sola y magullada,
con la coraza turbia de cicatrices.
Una suerte de asombro me conmueve
adaptando esta piel que me es ajena,
consciente que en el libro de la vida
las páginas desnudas son escasas.
Mi sombra en vigilia permanente
se perfila al acecho
y el musgo de la nada se me adhiere
e incluso se ha metido en mis bolsillos.
Me estoy quedando a solas con mis sueños
y esta estructura frágil se desarma.
Me pienso un residuo desangrado,
desteñido reflejo de otros soles.

Me estoy quedando a solas con la ira
y una honda protesta se va urdiendo,
arañando impaciente bajo la piel,
escarbo en la flor de cada poro,
exijo respuestas al envés del espejo.
¿Cuántos fragmentos quedan de esta vida?
¿Cuántos años y días, minutos y segundos?
Un incendio voraz hiende el espíritu,
no hay lágrimas, ni ruegos,
ni espaldas ovilladas,
no seré un grumo de espuma en el torrente,
deshecha la burbuja nada queda.
Desnudaré a gritos mis silencios,
mis hambres, mis jolgorios, mis venganzas,
mis espejismos tristes, mis carencias,
con el extraño idioma del poeta.
Ayer fue día claro y hoy y siempre
ceñido a mi ventana el sol madruga.
Quedan paisajes que archivar en mis ojos,
letras sin descifrar, voces pendientes.
Mis manos están vivas,
mi mente se desborda,
y aunque mi canto se estrelle contra un muro,
cantaré, una y mil veces cantaré a la esperanza.
Voy a verme crecer día tras día,
negándome a morir,
sin saber nada.

(Del libro "Los de la vuelta de la esquina". Año 2004)


Adonde vas

¿Adonde vas,
que con tanta prisa vuelas?
¿Adonde vas
que de tu pueblo te alejas?
¿Adonde vas,
que viene don José Antonio
a ver lo que está pasando
en la Villa de Logroño?
¿Adonde vas,
que viene don Juan Francisco
a pintar cerros azules
y claveles amarillos?
¿Adonde vas,
palomo negro azabache,
adonde vas,
atravesando los mares?
En Melipilla se ocultan bajo la greda
cuatro espíritus guerreros
que duermen entre los cerros.
¿Adonde vas,
que viene Ignacio Serrano
a velar el sueño eterno
del Padre Demetrio Bravo?
¿Adonde vas?
Regresa, palomo ingrato,
si tu tierra es Melipilla,
tu nido te está esperando.

Alhué del alma

Se te murió tu parra, Alhué del alma,
y tu tierra reseca se desgrana.
Ya no lloran tus cielos y en las mañanas
el trinar de las loicas cuajando el alba
reflejan llamaradas en tus ventanas.
¡Me duelen tus dolores, Alhué del alma!

Preso entre los sarmientos de aquella parra
el diablo tuvo cuna, poncho y guitarra
y a veces se le ha visto en noches de luna,
bebiendo tu aguardiente en grandes tinajas.
Apedreando a suspiros los corredores,
buscando a tus doncellas ¡Alhué del alma!

Al sirillear la lluvia por tus senderos
volverá el regocijo a tus cerros viejos,
aspiraré tu aroma a tierra mojada,
me miraré en tus charcas de mil espejos,
contaré tus estrellas multiplicadas,
atrapada en tu embrujo ¡Alhué del alma!

Melipilla de ayer

Te he mirado dormir y me sorprende
la diadema de luces que te ciñe.
Antes del último siglo, eras tan pequeña,
con la piel recamada por casonas de adobe
y de pronto, la madre azogue estremecida
te hizo caer convertida en cascajos.
El día se hizo penumbras
y el pesar nos untó el alma
hilando el desamparo.
Ríos de sal estriaron las mejillas
y el sobresalto se hizo compañero.
Luego, muy lentamente, te lavaste la cara
y estrenaste vestidos a la moda.
Aplastando en cemento tu cinturón de zarzas,
se erizaron los dedos de la pobreza.
Respiro la nostalgia de la quietud de antaño,
ansiando en las paredes reflejos de otros tiempos.
El barro y la paja son recuerdos de infancia.
!Cómo cambió mi pueblo consumiendo raíces!
Y yo aquí, persiguiendo los días fugitivos.
Melipilla bucólica bajo el sol de Febrero,
o en largas procesiones con santos en los hombros.
Tropel de jinetes escoltando al “santísimo”
con la frente ceñida por sedosos pañuelos,
alboroto de perros, campanillas,
incienso y polvareda.
La plaza Centenario, albergando romances
bajo el dosel de sus árboles frondosos,
silenciosos guardianes,
cómplices de amores clandestinos,
la tijera del tiempo podó hasta sus raíces.

Huérfana del viejo campanario,
la Iglesia de la Merced coquetea inútilmente
con el plumero doblado por el viento
que cosquilleaba su antigua cruz.
Y frente al Municipio,
aún viven, los bancos de engarzados azulejos,
con arabescos pintados por besos juveniles,
cobijo de lecturas de cartas y de libros.
¡Cómo olvidar Octubre festejando al aromo!
Incendiando jardines con sus copos dorados,
y una reina bonita como un hada madrina,
con sonrisas corcheteadas a la cara,
observando la euforia
tras las celosías de sus párpados bajos.
Sufro la enorme soledad de los rieles,
pueblo sin estación donde aniden palomas.
Sólo quedan siluetas testimoniando olvidos,
y un pañuelo, que alguna vez hizo adiós.

Melipilla hiedra

Te di mis espigas,
te di mis tormentas,
esparcí mi savia
en tu tierra buena.
Caminé tus calles
marcando mis huellas.
Construí mi nido,
te he parido un hijo
y cuando me duerma
fundida en tu greda,
estarás por siempre
adherida a mí …
Melipilla madre …
Melipilla hiedra.

Melipilla madre

Miro hacia atrás y es tan dulce la copa
al recoger los pasos que caminé en la vida.
Hallé un lugar donde dejar mis huellas,
donde la tierra es madre,
donde me multiplico.
Esta tierra es un nido de palomas,
es cántaro moreno,
al igual que las manos que soñaron sus formas.
Y la he visto crecer como un milagro,
después de arrodillarnos y golpearnos el pecho. La baña un río largo como el tiempo,
arisco y caprichoso cuando el invierno llora
y un otero con vigías dormidos,
atados a una cruz, los pies en el vacío.
Pero en octubre, mi tierra es luminosa,
cubriendo sus espaldas con la capa del sol,
el oro del aromo esparce su lujuria,
llenando a Melipilla con su rubio temblor.
¡Es mi pueblo y lo quiero!
¡Lo quiero porque es mío!
Porque es acogedor y digno en su pobreza,
porque me dio su pan,
porque nací en su orilla
y si me dio alegrías,
también me ha dado penas.
Y llegado el momento de dormir en sus brazos,
me seguirá arropando su ternura materna.

(Del libro “Melipilla: lugar de encuentro”. Editado el año 2006)

Como la hiedra

He estado junto a ti sobre la misma estrella
y a veces el espacio se nos hizo pequeño,
mas...la pluma es zarcillo de unión tan entrañable
como la hiedra sojuzgando el muro.
Es tiempo de deseos compartidos
y por ti desmenuzo la flor de la verbena,
quisiera que tu copa se llene de ambrosía
y que el ancho futuro no encorve tus espaldas.
¡Ven aquí! Que el nido de mi abrazo te espera
y la amistad destruye la piedra del silencio,
coge mi mano y saltemos al siglo
como dos niños que disfrutan la vida.
Cada día nos trae una aurora distinta,
matizada de luces y de sombras inciertas
y yo quiero que sepas que estaré junto a ti
bebiéndome tu risa y abrigando tus penas.
Vivamos la alegría de este momento hermoso,
que para la tristeza... nos queda mucho tiempo.


Para la ausente
(A Sonnia Robledo Bascuñán)

No quiso decirme que no volvería,
guardó su secreto con hondo pesar
y sin entender su triste sonrisa
tras cálido abrazo, la dejé marchar.
Caminó entre muros una vida entera,
sólo abrió su verja en rara ocasión,
tapizó de verde sus sueños marchitos
y cogió una nube sin decirme adiós.
Su silencio duele como aguja rota,
mi hombro vacío extraña su voz,
yo no supe ver que su torre altiva
cual puzzle de arena se desmoronó.
No quiso decirme que no volvería
y se fue en silencio... sin decirme adiós.

La maleta

Mi querido amigo se fue al fin.

Primero a Argentina y luego a Australia – me contó apresuradamente.

-Te dejo todos los libros – susurró.

-De nada me servirán ahora que mi carrera quedó trunca ... después de tantos sacrificios.

Me conmovió su tristeza, su encogimiento de hombros en un gesto de resignación.

-Te vengo a pedir un nuevo favor ... pero ... te lo ruego ... no me digas que no.

A estas alturas de nuestra amistad, después de haberle escondido, de darle de comer a las tres de la mañana, cuando llegaba sigiloso y hambriento, acompañado de individuos barbudos y mal encarados, pero respetuosos y agradecidos por los tallarines aliñados con improvisados ingredientes, extraídos mágicamente de la casi siempre vacía despensa, después de llevarle útiles de aseo a la cárcel y de llorarme todas las lágrimas parada frente al tétrico recinto, hasta conmover a un guardia, que convencido de que era su hermana, accedía a llevarle un mensaje a pesar de estar “incomunicado” ; después de las fenomenales discusiones en que yo combatía sus ideas con irredargüibles argumentos y él temiendo que mi voz, normalmente fuerte, fuese escuchada, amordazaba con sus manos mis palabras, las que a través de sus dedos sonaban ininteligibles, y al final terminábamos con verdaderos ataques de risa. Después de haber curado sus heridas, sus quemaduras ... un favor más, no podía sorprenderme.

-¡Tú dirás! -le dije sonriendo para animarle a continuar.

-¡No tengo en que llevar la ropa! -estalló al fin, después de un largo y avergonzado silencio.

-Yo sé que tienes una maleta...préstamela por favor, te la devolveré llena de dólares...algún día...¡te prometo que te la devuelvo!.

La visión de mi hermosa y flamante maleta de cuero de cerdo llena de dólares, por un momento pasó por mis ojos. Luego una explosión de risa, nerviosamente coreada por él, borró la imagen.

Me miró anhelante esperando mi consentimiento. Era apenas un niño, de mirada limpia y clara; admiraba su generosidad sin límites lo que a veces me llevaba a hacerle serias reconvenciones, las que luego de escuchar con una semi-sonrisa, replicaba con un convencimiento abismante.

-¡Hay que dar, dar hasta que duela! ¿no te has fijado que hay tanta gente que no tiene nada?

-¡Y yo bien sabía que él lo daba todo!

Recuerdo aquel mes de Diciembre en que trabajó como vendedor en una tienda de calzado y en la ilusión con que esperaba el sueldo con que haría sus compras navideñas.

En esos días tuvo como cliente a un campesino con cinco hijos, algunos no tenían ni chancletas. Todos se probaron zapatillas y el mayor eligió zapatones firmes para el colegio, incluso el padre pidió calcetines, lo que los niños celebraron con ruidosa algarabía. Cuando fue a pagar, sólo le alcanzaba el dinero para los zapatos del hijo mayor.¡Ni siquiera para los calcetines!.Mi amigo miró al hombre cabizbajo y sin mayor aspaviento le dijo:

-¡ Sí, con esa plata le alcanza para todo!.

Luego me confidenció que en toda su vida, ese sería su mejor regalo de Navidad.

-Si hubieses visto la alegría de esos niños, el amor y agradecimiento con que abrazaban a su padre. ¡Y la mirada de gratitud que me dio el hombre! ¡Nunca nadie me va a hacer mejor regalo!.

-Deberías haber estudiado para Viejo Pascuero- respondí secamente, en un vano intento por ocultar mi emoción.

Y ahora... se iba, a regalar sonrisas a caras extranjeras, tal vez, a sufrir privaciones y yo, no estaría allí para ayudarle...

-Está bien, llévate la maleta, pero algún día me la tienes que devolver.

-Es una promesa- respondió.

Le miré guardar sus escasas pertenencias: su cepillo de dientes, una bandera, fotografías de sus padres, de su novia, y algunas mías y de mi pequeño hijo. Quería regalarme las partituras de música; no quise aceptar, a pesar de sus ruegos; eran su creación artística y seguramente le harían falta... allá lejos.

Lo estreché en un abrazo largo y doloroso. Tenía mucho miedo por él.
Haciendo a un lado mi pena, le deseé buena suerte y le pedí que me escribiera de vez en cuando.

Pasaron los años y puntualmente recibía una tarjeta de saludo navideño. En una nota adjunta me contaba de sus estudios, de su trabajo, de que la que había sido su novia, hoy era su esposa y que esperaban al primer hijo. Era feliz, pero, entre líneas denotaba una inmensa añoranza por su tierra.

Cierta noche de invierno, en que me había acostado, sonó el timbre. A regañadientes salté de la cama y me asomé al ante-jardín. La silueta de un hombre se dibujaba en la oscuridad.

Miré a ese señor de poblado bigote y elegantemente vestido, las canas de sus sienes le daban un toque de innegable distinción.

-¡Hola amiga, cómo estás! ¿No te acuerdas de mí?

-Lo lamento, creo que está equivocado- alcancé a murmurar antes de quedarme presa en su inolvidable sonrisa.

-Acabo de llegar y lo primero que he hecho es venir a verte, además de abrazarte, tenía que devolverte la maleta.

La maleta..., la maleta de cuero de cerdo que veinte años atrás prestara, a sabiendas de que nunca la volvería a recuperar, estaba ante mí, impecable, nueva, como salió de mis manos, pero esta vez volvía llena de regalos y de discos cuya letra y música eran de autoría de mi amigo.

-Aquí la tienes... tal como te prometí, y las promesas que le hago a una amiga como tú... espero poder cumplirlas siempre... al fin y al cabo, la última salvada que me hiciste fue evitarme la humillación de llevar al aeropuerto las “pilchas” envueltas en papel de diario.

( Del libro “Vuelos literarios 3”. Editado el año 2001)

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2 comentarios

Arlequín -

Y la claridad de la poesía vagamente vislumbrada por aquel ojo que puede ver lo intangible, lo que no se muestra al simple lector acostumbrado a vacías palabras y a estrechos pensamientos.
Y aquí estoy yo, solo, sentado esperando leer algo que realmente me conmueva...
Y al fín, llegué al más sublime verso, a la más sincera prosa y lo que otros tantos llaman verdad.
Esto es lo que añoraba leer, y siento que mis pesados parpados ya están listos para decaer.
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diego -

esta bueno el poema....
eso era chao
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